una urbe que asfixia

Por: Ruth Gómez
Portada por: Miguel Morteo

Llegó el calor de invierno y con él las ganas de querer tener la mitad del cuerpo en la sombra y la otra captando la energía del sol.

Han sido meses en los que se respira un olor de búsqueda por lo que éramos, por cómo retomar el camino. Ansiamos que el transitar por las calles -esas que han sido escenarios de decenas de historias no sólo mías, sino de los millones que habitamos esta ciudadmonstruo – vuelva a ser tranquilo.. aunque claro, con la inseguridad que impera sobre nuestro país eso es poco probable.

La colonia que me forjó académicamente y en la que ahora laboro fue una de las más afectadas, sentí en carne propia la desolación que la naturaleza le dejó. Los primeros días bares y restaurantes lucían desérticos, ni siquiera el color vibrante de sus fachadas o la amabilidad de sus trabajadores invitaba a que la gente se sentara y pudiera despojarse, al fin, de las máscaras que obligan a tener las obligaciones, responsabilidades… para, quizás, ponerse otras propias del entretenimiento.

La representación simbólica de la “identidad mexicana” que contienen el circuito Roma – Condesa -con los nombres de estados/municipios de la República o de personajes que por educación básica logramos ubicar- y la cantidad de patrimonio inmueble que las destacan, las han hecho cuna de diversos movimientos socioculturales (sí, también turísticos y económicos).

Cuando era niña solía venir a la Roma Norte porque mi mamá trabaja en Morelia casi esquina con Avenida Chapultepec. Recuerdo que me maravillaban las casas estilo suburbio inglés sobre Puebla y que el Parque Morelia me daba un poco de miedo porque estaba oscuro y olía mal… Una vez acompañé a mi tía por mi prima a San Luis Potosí y en esa caminata conocí “al David”, a las fuentes de Álvaro Obregón y la Plaza Luis Cabrera.

Todo cambió cuando entré a la universidad, las calles ya no lucían tan descuidadas y de repente me convertí en cliente frecuente de cafés, bares y fondas económicas. Sí, mi perfil y mi ser en construcción cedieron ante la gentrificación de una de las colonias más antiguas de la capital.

Unas semanas -o quizás meses- antes del 19s, a mis amigas de la universidad y a mí nos invadió la nostalgia estudiantil porque nos enteramos que habían cerrado “La Bipo Roma”, en el que “fiesteábamos” tanto que los meseros ya nos ubicaban y sabían que más tardaban en darnos mesa que en lo que nos levantaríamos a bailar. En septiembre la tierra se sacudió con fuerza y se llevó el edificio frente a la “Meca” de nuestra diversión universitaria.

Horas después del terremoto, estaba parada frente a Álvaro Obregón 286 de la mano de mi novio congelados ante el derrumbe. Presenciamos lo inesperado de la voluntad, las ganas de correr y “hacer algo”, las acciones cuyo origen es la adrenalina, el poder de saberse a salvo:

Un camión de redilas se estacionó momentáneamente frente al Sumesa y en ese inter, una estampida lo abordó: oficinistas, trabajadores, jóvenes, deportistas y demás habitantes de la urbe saltaron a la plataforma para adentrarse a las fauces del concreto demolido.

Las caras lo decían todo, terror, shock, ansiedad y letargo ante lo sucedido. Conocí todos los estados de ánimo que un ser humano puede experimentar y sus reflejos en los minutos que el camión tardó en arrancar de nuevo: diez individuos con la luz roja, tenía 50 o 70 cuando cambió a verde.

Pienso una y otra vez la huella que este suceso tendrá en nuestra psique defeña -sigo aferrada con ese gentilicio-. Gilberto Giménez dijo que “la memoria colectiva representa una relación entre los recuerdos propios y los de otros dentro de una comunidad, originando diversos puntos de vista sobre un  suceso y una mayor riqueza que son las narrativas”; yo lo verifiqué en el trolebús en el que me he transportado desde hace siete años.

Mujeres y hombres en constante estado de alerta, narrando una y otra vez cómo sus seres queridos ayudaron, reaccionaron, todo aquello que hicieron para que la culpa de “no hacer nada” los carcomiera… El pánico era el preludio de cada historia que empezaba, teniendo como punto final la esperanza de que no “vuelva a pasar”.

El sismo dejó ver lo maravilloso y lo vil de nuestra sociedad.

La herida es tan profunda que la cicatriz tendrá exceso de textura… sin embargo, en las calles se vuelven a ver colores, se vuelven a generar historias, se disfruta de salir a pasear a las mascotas o a tomar el sol… Y yo, al mismo tiempo que vivo mi presente, recorro los recovecos de mi memoria pensando en esas noches en las que mis amigas y yo bailábamos en sitios que no contaban con pista de baile, platicando sobre nuestras clases en camellones o parques, montando exposiciones, trabajando con artistas, visitando museos y galerías… Haciendo nuestros pininos en “el mundo cultural” cuya dimensión es inversamente proporcional a su riqueza y belleza.

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Arte alrededor del mundo

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