Tetrafármaco contemporáneo

Por: Mónica Zamora
Portada por: Giovanna Tommasi

 

Las confrontaciones forman parte de nuestro día a día, son este tipo de travesías necesarias para acercarnos a nuestras realidades, también son los giros y cambios que todos, como seres humanos, estamos acostumbrados a contemplar y a ejercer. A veces cuesta tanto levantarse y tomar buen café, revisar los nuevos capítulos de Netflix, maldecir al conductor de Uber porque se dio vuelta en la esquina equivocada, llegar tarde, y pagar todo en versión prémium; cada día pasa tan rápido que ni siquiera nos damos cuenta de que estamos siendo.A pesar del hastío cotidiano, no pensamos en dejar de ser, se es y ya, de cualquier forma, pero existimos —o también es válido coexistir, digo, cada quien con sus dependencias—; nos abrazamos de las necesidades (como un recién nacido en los brazos calientes de su madre al momento de amamantarlo), y las convertimos en pretextos para levantarnos cada mañana; un día lidiamos con la calificación más baja, pero al siguiente continuamos batallando con la persona que se sienta a nuestro lado en cada camión. Solemos buscar remedios para t-o-d-o, ya sean caseros o farmacéuticos, tomar medidas inmediatas para un resultado rápido, eficaz y duradero; no siempre funcionan, pero apelamos a éstos con el fin de encontrar tranquilidad, paz, resolver dudas o problemas tanto físicos como emocionales, o a veces, sólo resolver asuntos banales.

Si entre que son baladíes o no, retomemos el epicureísmo, siendo la primera escuela helenística, donde en un plano se buscaba la insensibilidad y la imperturbabilidad, llevando una vida autárquica, y encontrando la felicidad desde la propia persona; para éso, Epicuro de Samos desarrolló una serie de remedios llamada Tetrafármaco (Tetrapharmako) para lograr la ataraxia(tranquilidad y sin dolores en el alma), junto con la aponía(sin dolores en el cuerpo), para suprimir en su mayoría los principales miedos de los hombres: los dioses, la muerte, el dolor y el destino.

Para el filósofo de Samos, el temor hacia los dioses era una pérdida de tiempo porque éstos (aceptando su existencia), aparte de ponerlos en un lugar peculiar, en sentido material y semejantes a los átomos de nuestra alma, los describe como inmortales, pero que no están en nuestro mundo, sino entre mundos, y aparte de que son demasiados, son lejanos a nosotros y les resultamos indiferentes; por otro lado, la muerte resulta un asunto ajeno a los vivos, porque en vida no existe la muerte, y cuando nos encontremos en ese estado, no importará ésta porque no podremos sentirla y ni siquiera pensarla (para Epicuro el ser humano no es inmortal y no hay nada después de la muerte), aparte de que en la mayoría de las veces, la concepción que tenemos acerca de ésta es dolorosa o negativa. Sobre el dolor y el placer, para los hedonistas, esta dicotomía era un motivo fundamental para casi todas las acciones de los seres vivos: el dolor no debería de causarnos temor, porque si es fuerte dura poco o es fácilmente soportable, y deberíamos aceptar únicamente los dolores cuando se siguen placeres mayores, y rechazar los placeres cuando le siguen dolores mayores; el dolor corporal como puede ser moderado también es efímero. Por último, se encuentra el tema del destino, pero como nuestro futuro no está inscrito en ningún lado no debería preocuparnos ni atemorizarnos, y aunque éste existiera, no podríamos averiguarlo del todo, porque no dependería de nosotros.

Sean las cuestiones que nos atemoricen, no podemos apartarlas de nuestra esencia como individuos, sino que nos conforman y hasta cierto punto ejercen poder entre nuestros pensamientos y acciones, pero ¿qué nos atemoriza actualmente? No somos tan diferentes a los héroes trágicos de épocas pasadas narrados en mitos, o a los villanos de cuentos y películas… devenimos en un sinfín de patrones y cargas simbólicas que nos mantienen en constante relación (revolución) el uno con el otro, y aún más, en relación con la naturaleza, los espacios y con nuestro pasado. No podemos escapar de éstas, y tampoco deberíamos de hacerlo totalmente, sino que, en un esquema mayor podríamos localizarlas, encontrar nuestros miedos, analizarlos y preguntarnos por qué los tenemos, qué los hace “miedos”, y en un sentido retrospectivo de nuestra breve existencia, preguntarnos: ¿y a mí qué me perturba?

 

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