La Huasteca Hidalguense: Mangocuatitla y su cultura.

Por: Jorge Valdovinos
Portada por: Dario Campos Cervera

 

A las afueras del estado de Hidalgo, en la sierra Huasteca que forma parte del municipio de Yahualica, se encuentra un paraíso donde la calma y la serenidad reinan.

A pesar de que los habitantes son de diversas comunidades indígenas, su lengua materna coincide en el náhuatl. En estas pequeñas localidades de carácter rural, la principal actividad económica es la agricultura y de ella subsisten decenas de personas que buscan dar sustento a sus familias día tras día.

Mangocuatitla está catalogada como una comunidad de tamaño mediano, con una población que oscila entre los 100 habitantes. La conocí a lado de Juan, quién me presentó ante los lugareños para poder platicar con ellos, conocer sus casas, jugar con sus niños y aprender de su modo de vida, que aún  sin contar con todas las “comodidades” de una ciudad, hace sentir a cualquiera que la conozca como si estuviese en su hogar.

Un día ordinario para una familia de Mangocuatitla comienza desde muy temprano, aproximadamente a las 5 de la mañana. Los hombres de la casa se preparan para una ardua jornada laboral en sus cultivos de maíz -también llamados “milpas”- mientras que las mujeres comienzan a hervir café en pequeñas cocinas alimentadas con ocote y hojas de maíz secas. Es sorprendente la facilidad con la que logran encender un fuego sin necesidad de algún producto inflamable, utilizando solamente elementos naturales como combustible.

Una vez que está listo el café, las señoras preparan tortillas enteramente naturales y hechas 100% a mano con el propio maíz de la milpa, moliéndolo con rodillos y planchas de piedra forman la masa, que mezclada con agua en las proporciones correctas les es suficiente para hacer alrededor de 60 tortillas. Después de desayunar, los hombres parten hacia la milpa acompañados de sus hijos, que desde los 15 años ya están “en edad” de ir a trabajar en la milpa.

Juan me llevó a su milpa, a unos 20 o 30 minutos andando sobre el cerro colindante a sus caminos principales, portando únicamente un par de cuerdas, su sombrero y un machete como indumentaria de trabajo. La jornada debe de iniciar.

Tras caminar por unos pequeños senderos que ellos mismos trazaron con sus machetes, habiéndolos cubierto con tierra para marcar el paso, llegamos a la parcela de la que Juan e hijos se hacen cargo desde la siembra hasta la cosecha. En la comunidad son pocos los que cuentan con un arado para sembrar, por ello la mayoría de las parcelas son sembradas a mano utilizando palos de madera para hacer los carriles donde se depositan las semillas de maíz, aunque algunas familias cuentan con burros para poder realizar este proceso de manera más eficaz.

Conforme pasa el tiempo los trabajadores se extienden por todo el cerro en espera de que las cosechas del año en curso sean productivas y provechosas, lo cual dependerá enteramente del clima, ya que para que el maíz se desarrolle adecuadamente se necesita un buen balance de lluvia y sol.

Una vez llegada la época de cosecha, el maíz es separado de la planta, misma que puede llegar a dar maíz hasta en 5 ocasiones si es que se le dan los cuidados adecuados. Una vez separado, se acumula en diferentes pilas que van atadando con cuerda o las guardan en costales que cargan de vuelta a casa.

Mientras los hombres trabajan, las mujeres se encargan de toda la manutención de la casa, preparan el desayuno para sus niños antes de que vayan a la escuela -según su edad- y cuidan a los menores de 3 años, que se suelen quedarse con ellas. A pesar de ello, a la entrada del pueblo hay un jardín de niños que recibe a los infantes entre los  2 y 5 años.

Los niños de 6 a 13 años van a la primaria de la comunidad, en el centro del poblado. La educación está a cargo de maestros sumamente dedicados que imparten clases de matemáticas, ciencias naturales, literatura o gramática en grupos conjuntos, es decir, de primero a tercero son un grupo y de cuarto a sexto son otro. Algunos de ellos también dan inglés, logrando tener una escuela trilingües en las que se aprende el español, náhuatl e inglés.

A pesar de que las mujeres siguen ejerciendo el rol de ama de casa, preparando la comida y cuidando a los hijos, yendo por agua a los pozos y ríos, lavar la ropa o amamantar a sus bebés, abuelas y madres también lo alternan con otras labores como bordar ropa, principalmente vestidos.

Uno de los principales contrastes entre la vida urbana y la rural es el suministro de servicios, aquí se deben de tomar medidas y realizar procedimientos más complicados. Si bien cuentan con electricidad -subsidiada por el gobierno-, pavimento en la mayoría de sus terrenos y alumbrado público, hace falta de desagüe: utilizan letrinas para ir al baño, agua del pozo para lavar y para su consumo -después de hervirla-.  En cuanto a la basura, queman los desechos orgánicos y algunos tipos de plástico, principalmente cáscaras, envolturas, etc. y para deshechos más complejos, hay un basurero municipal que consiste en un hoyo de unos 50 metros cuadrados y en él depositan desechos no combustibles como baterías, latas, objetos de vidrio o de plástico denso, entre otras cosas.

Tras una ardua jornada laboral, los hombres vuelven a casa para bañarse, comer en familia, ver un poco de televisión -en caso de contar con una- y cuidar a sus hijos mientras que muchas de las mujeres mayores de la comunidad van a la escuela. Esto fue un cambio reciente ya que la gran mayoría antes no podía estudiar y hoy aprender el español acompañadas de algún profesor o maestra en turno.

Al final del día todo el pueblo se reúne en la iglesia para hacer algún tipo de oración según las fechas del calendario católico, religión que la mayoría practica y de la que son sumamente devotos, siguiendo múltiples tradiciones como las posadas en diciembre, el “vía crucis” en semana santa a la vez que continúan practicando tradiciones mexicanas como el día de muertos con complejos rituales y altares.

Los habitantes de Mangocuatitla me dejaron un sumo respeto hacia la naturaleza, hacia el trabajo y para con el otro: me abrieron las puertas de su hogar ofreciéndome todo sin esperar nada a cambio. Entendí que dejando de lado todo lo que nos preocupa carecer en un entorno urbano, aún es posible mostrarse sencillo y sonriente ante la vida.

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