Despertar con vista al Coliseo: crónica de una casa momia

Portada: Tim Lahan
Por: Brianda Ramírez

Hemos visto el Coliseo tantas veces en fotos que ya no recordamos o por lo menos yo no, la primera vez que lo vimos. Su imagen está pegada a nuestra memoria, casi a priori a ella.

Por eso cuando doblamos en la esquina o salimos del metro o aparece al dar la vuelta con el coche, la construcción real ante nuestros ojos es como si hubiera estado ahí siempre, uno recuerda, más que conocer y se siente parte del pasado como si nunca se hubiera ido, y ese pasado del otro lado del continente que nos corresponde casi por accidente, se vuelve también nuestro.

En Roma se siente uno viejo, basta caminar un poco para sentir el paso de los milenios. Regresé de la ciudad eterna hacer tres semanas y justo cuando la nostalgia empezaba adherirse al recuerdo del viaje, algo fabuloso sucedió: en la casa momia, justo en la puerta, ahí frente a mi ventana sateluca, estaba la gran arena romana.

La historia de la casa momia no es de miedo, pero casi, seguro empezó antes,  esto es todo de lo que yo me acuerdo: cuando yo tenía unos 7 años vivía ahí una viejita, con su hijo y su esposa y los nietos. Hacían fiestas seguido y a veces discutían pero no pasaba más. Al morir la viejita quedó intestada la casa, entre los hermanos se pelaron por ella y sacaron a los que ya vivían ahí; la casa estuvo vacía un tiempo. En ese tiempo la pintura comenzó a caerse, la hierba a crecer y la casa a embalsamarse.

Un día llegó una familia en muchos coches, eran gordos y de distintas edades. No arreglaron la casa, sólo la ocuparon, la estrangularon parecía tomada por una sanguijuela enorme. Hacían ruido día y noche, llegaban más coches, los arreglaban y hacían tratos para venderlos todo delante de la casa; a veces en la madrugada llegaban motos en sentido contrario al de la calle y con sus claxons pedían atención.

Los vecinos asustados decidieron tomar cartas en el asunto, en la casa vecina se hizo una junta, ¿y si hablamos a la policía?, decía uno, ¿pero porque cargo han de llevárselos?, casa tomada decían, eso no es posible contestaban otros. ¡Lo que esos demonios necesitan es un exorcismo! Gritaban entusiastas los más viejos. Al final de la junta se decidió dirigir todas las cámaras de la calle hacia la casa momia y esperar a tener suficiente evidencia para sacarlos de ahí.

Se grababa día y noche, esperando encontrarlos en alguna transilla. Pasaban las semanas y en los videos no aparecía nada, se había recluido en la casa, ahora todo sucedía adentro, sólo ruidos, ya no caras.

Un buen día se fueron sin decir adiós, la casa permaneció vacía unos días, pero a los pocos llegaron otras personas, esta vez eran menos, no había niños, cubrieron los cristales de las ventanas con cobijas. Un día llegó la policía y los sacaron a todos, los hijos de la viejita se aparecieron de nuevo, por primera vez en años.

Mi abuela se enteró con los vecinos que la casa estaba rentada a los gordos de los coches, de alguna manera los gordos habían vendido ilegalmente la casa a los nuevos, estos se reusaban a irse, pero ya los iban a sacar.

Al irse la policía y con ella los segundos tomadores de la casa, se quedó de nuevo vacía la casa, a las pocas semanas entró un señor; venía perseguido de una señora de unos 40 años. “¡Desgraciado!, ¡Infeliz!, ¡Nunca me dijiste que yo era tu amante!, ¡Sal cobarde!, ¡Da la cara!”, gritaba mientras lanzaba piedras a la casa, en uno de sus lanzamientos rompió la ventana, no satisfecha con ello agarró un bastón de coche y estrelló el cristal del carro del señor. Después se fue gritando, de nuevo llegó la policía, saco al señor y la casa quedó vacía.

Después de esto uno de los hijos de la viejita llegó a vivir en la casa. Era un señor de unos 60 años, barbón y bonachón se llamaba Daniel, se pasaba los días arreglando la casa, aunque no parecía haber ningún progreso. Un día llegaron dos jóvenes brincaron la reja por encima y comenzaron ahorcar a Daniel “¡Vecinos ayuda!” gritaba él, a los 5 min el lugar estaba lleno de patrullas, los jóvenes asaltantes consiguieron huir, pero no volvieron nunca.

Daniel vivió unos 2 años en la casa, tocaba seguido en la mía para pedir alguna herramienta, la cual luego devolvía. Un día ya no lo vimos, mi abuela marcó a uno de los teléfonos que él le había dado, estaba muerto, había sufrido un derrame cerebral y fallecido en el hospital.

Ahora llegaron los sobrinos de Daniel, están arreglando la casa, desembalsamándola del pasado, pero tienen miedo, saben que ahí donde en la ventana han puesto al Coliseo puede regresar la casa momia.

Hay días que me preguntó si todo terminará así, casas de viejitos abandonadas y tomadas, hechas momia, ¿abandonaremos la ciudad  progresivamente?, o ¿viviremos entre cosas tomadas?, tal vez lleguen grandes inmobiliarias y construyan arriba, sepultando el pasado, o lo hagamos nosotros mismos.

¿Haremos de todas las casas tomadas el Coliseo?, ¿Qué tanto del pasado hay que preservar?, ¿cuál es el pasado que debe irse?, Borges decía que el futuro no es lo que va a pasar sino lo que vamos a hacer. Los futuros se abren ante nosotros y con ellos miles de posibilidades, ¿queremos un futuro refugiado del pasado?, ¿conocedor de él?, ¿destructor?, ¿nostálgico?, ¿protector?, ¿libre? Todos los futuros son posibles, va a pasar lo que queremos que pase, podemos escribir una historia de miedo o una de libertad.

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